Los listos viven de los tontos, mientras los tontos sirven a los listos. Muchos listos se hacen el tonto. Pero para hacerse el tonto hay que ser muy listo. Son tantos los tontos y tan pocos los listos, que no entiendo que un listo quiera hacerse el tonto. Si son menos listos que los tontos, ¿para qué hacerse el tonto? Luego el listo que se hace el tonto, es tonto. Y si es tonto, ¿cómo parecía listo? Así, pues, el tonto puede parecer listo. Que tan fácil le es a un tonto parecer listo como a un listo parecer tonto.
Abunda el tonto que medra y el listo depauperado. Luego para una postura práctica ante la vida, ¿qué es mejor, ser tonto o listo? Es tonto pasarse de listo y es tonto pasarse de tonto. Por tanto, lo mejor es no pasarse ni de listo ni de tonto.
He dicho.( aunque no sé muy bien qué)
Monday, 28 November 2011
Listonto
Tuesday, 15 November 2011
Insolencia
Y esta regla se cumplía en ese estricto orden. Una exigencia de mamá, que nadie discutía... Ni siquiera papá. Astuta la vieja, porque así nos mantenía a raya con la simple amenaza: “Ya van a ver cuando llegue papá”. Porque las mamás estaban en su casa. Porque todos los papás salían a trabajar... Porque había trabajo para todos los papás, y todos los papás volvían a su casa.
No había que pagar rescate o ir a retirarlos a la morgue. El respeto por la autoridad de papá (desde luego, otorgada y sostenida graciosamente por mi mamá) era razón suficiente para cumplir las reglas.
Usted probablemente dirá que ya desde chiquito yo era un sometido, un cobarde conformista o, si prefiere, un pequeño fascista, pero acépteme esto: era muy aliviado saber que uno tenía reglas que respetar. Las reglas me contenían, me ordenaban y me protegían. Me contenían al darme un horizonte para que mi mirada no se perdiera en la nada, me protegían porque podía apoyarme en ellas dado que eran sólidas... Y me ordenaban porque es bueno saber a qué atenerse. De lo contrario, uno tiene la sensación de abismo, abandono y ausencia.
Las reglas a cumplir eran fáciles, claras, memorables y tan reales y consistentes como eran “lavarse las manos antes de sentarse a la mesa” o “escuchar cuando los mayores hablan”.
Había otro detalle, las mismas personas que me imponían las reglas eran las mismas que las cumplían a rajatabla y se encargaban de que todos los de la casa las cumplieran. No había diferencias. Éramos todos iguales ante la Sagrada Ley Casera.
Sin embargo, y no lo dude, muchas veces desafié “las reglas” mediante el sano y excitante proceso de la “travesura” que me permitía acercarme al borde del universo familiar y conocer exactamente los límites. Siempre era descubierto, denunciado y castigado apropiadamente..
La travesura y el castigo pertenecían a un mismo sabio proceso que me permitía mantener intacta mi salud mental. No había culpables sin castigo y no había castigo sin culpables. No me diga, uno así vive en un mundo predecible.
Así fue en mi casa. Y así se suponía que era más allá de la esquina de mi casa. Pero no. Me enseñaron bien, pero estaba todo mal. Lenta y dolorosamente comprobé que más allá de la esquina de mi casa había “travesuras” sin “castigo”, y una enorme cantidad de “reglas” que no se cumplían, porque el que las cumple es simplemente un estúpido (o un pendejo, si me lo permite decir).
En mi casa había justicia, justicia simple, clara, e inmediata. Pero también había piedad.
Le explicaré: Justicia, porque “el que las hace las paga”. Piedad, porque uno cumplía la condena estipulada y era dispensado, y su dignidad quedaba intacta y en pie. Al rincón, por tanto tiempo, y listo... Y ni un minuto más, y ni un minuto menos. Por otra parte, uno tenía la convicción de que sería atrapado tarde o temprano, así que había que pensar muy bien antes de sacar los pies del plato.
Esta fue la regla de oro que presidía el comportamiento de mi casa:
Regla N° 3: No sea insolente. Si rompió la regla, acéptelo, hágase responsable, y haga lo que necesita ser hecho para poner las cosas en su lugar.
Ésta es la regla que fue demolida en la sociedad en la que vivo.
Eso es lo que nos arruinó. LA INSOLENCIA.
Usted puede romper una regla -es su riesgo- pero si alguien le llama la atención o es atrapado, no sea arrogante e insolente, tenga el coraje de aceptarlo y hacerse responsable. Pisar el césped, cruzar por la mitad de la cuadra, pasar semáforos en rojo, tirar papeles al piso, tratar de pisar a los peatones, todas son travesuras que se pueden enmendar... a no ser que uno viva en una sociedad plagada de insolentes.
La insolencia de romper la regla, sentirse un vivo, e insultar, ultrajar y denigrar al que responsablemente intenta advertirle o hacerla respetar. Así no hay remedio.
El mal de la sociedad actual es la insolencia.
La insolencia está compuesta de petulancia, descaro y desvergüenza.
La insolencia hace un culto de cuatro principios:
La insolencia admite que la gente se muera de hambre y que los niños no tengan salud ni educación.
La insolencia logra que los que no pueden trabajar cobren un subsidio proveniente de los impuestos que pagan los que sí pueden trabajar (muy justo), pero los que no pueden trabajar, al mismo tiempo cierran los caminos y no dejan trabajar a los que sí pueden trabajar para aportar con sus impuestos a aquéllos que, insolentemente, les impiden trabajar. Léalo otra vez, porque parece mentira.
Bueno, y así están las cosas. Ah!, me olvidaba, ¿Las reglas sagradas de mi casa serían las mismas que en la suya? Qué interesante. ¿Usted sabe que demasiada gente me ha dicho que ésas eran también las reglas en sus casas?
Yo se lo voy a contestar.
PORQUE ES MÁS CÓMODO, y uno se acostumbra a cualquier cosa, para no tener que hacerse responsable. Porque hacerse responsable es tomar un compromiso y comprometerse; es aceptar el riesgo de ser rechazado, o criticado. Además, aunque somos una inmensa mayoría, no sirve para nada, ellos son pocos pero muy bien organizados. Sin embargo, yo quiero saber cuántos somos los que estamos dispuestos a respetar estas reglas.
Le propongo que hagamos algo para identificarnos entre nosotros.
No tire papeles en la calle. Si ve un papel tirado, levántelo y tírelo en un bote de basura. Si no hay un bote de basura, llévelo con usted hasta que lo encuentre. Si ve a alguien tirando un papel en la calle, simplemente levántelo usted y cumpla con la regla 1. No va a pasar mucho tiempo en que seamos varios para levantar un mismo papel.
Si es peatón, cruce por donde corresponde y respete los semáforos, aunque no pase ningún vehículo, quédese parado y respete la regla.
Si es un automovilista, respete los semáforos y respete los derechos del peatón. Si saca a pasear a su perro, levante los desperdicios.
Todo esto parece muy tonto, pero no lo crea, es el único modo de comenzar a desprendernos de nuestra proverbial INSOLENCIA.
¿A USTED QUÉ LE PARECE?
¿PODREMOS RECONOCERNOS EN LA CALLE ?
Espero no haber sido insolente.
En ese caso, disculpe.
Monday, 14 November 2011
Derechos
TIENES DERECHO
a expandir tu talento
TIENES DERECHO
a abusar de la imaginación
TIENES DERECHO
a luchar contra gigantes
a crear MONSTRUOS
A EXPULSAR DEMONIOS
o a sacar los tuyos a pasear
TIENES DERECHO
a soñar, a decirlo TODO
TIENES DERECHO a no callarte nada
TIENES DERECHO a gritar más alto
A ROMPER LA BARAJA
AL PATALEO
A LA RISA LOCA
Tienes derecho a escandalizar
Tienes derecho a exhibir tu EGO
TIENES DERECHO
a una alfombra roja
Tienes derecho a una lluvia de flashes
A QUE VEAN TU MENTE
a que te critiquen, a que crean en ti
Tienes derecho a deslumbrar
Tienes derecho a LO QUE TE DE LA GANA.
Thursday, 10 November 2011
Una admiradora
No cabe duda que el enterarse que tienes una admiradora es quizá reconfortante para el ego, te hace sentir bien, y en muchas ocasiones hace que aparezcan los celos de tu pareja, lo cual a mí, en lo particular me hace gracia ver las reacciones que provoca en mi esposa, el hecho de saber que soy atractivo a los ojos de otra mujer.
Mi mujer sabe que mi pensamiento y corazón le pertenecen por completo, y que cada día la amo más, que valoro por sobre todo y todos, la familia que hemos formado, y que tenemos bases sólidas en lo que respecta a nuestros sentimientos.
Mi mujer debe saber que ella también tiene un admirador de su enorme belleza, de su sonrisa, de su voz, de su cuerpo y de su alma. Un admirador al que se le cae la baba cada que la ve o escucha. Un admirador que agradece día con día el amanecer a su lado, y que sabe que es el hombre más afortunado del mundo por amarla y saberse amado, un hombre que disfruta el privilegio de ser su marido y su mejor amigo.
Te amo Ivonne, desde y para siempre.